Es el momento en que tus propias manos
ocultándote el rostro se sienten forasteras.
¿Cómo has llegado aquí? ¿Quién eres? Una lágrima
se sostiene en el párpado
lo enfría y aprisiona.
El corazón golpea
como cascos horadando la piedra.
Porque de pronto eres el que habita en un cuerpo
Enemigo de tu alma
Y extranjero en ti mismo, buscas en el espejo
Los ojos de tu padre,
La semejanza con aquel que nunca te soltó de su mano.
El amor que no sabe por qué ama
Llama al Amor Eterno, grita, se desespera
y el dolor se arrodilla ante su paz:
“Heme aquí, descarriada, jamás te dejé sola.”
Y posas la cabeza en sus rodillas
Huyen despavoridas las tinieblas y, entre sollozos, sabes
Que puedes perdonarte como Él te ha perdonado.
Salmo 119:75-77
75 Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que
conforme a tu fidelidad me afligiste. 76 Sea ahora tu misericordia para
consolarme, Conforme a lo que has dicho a tu siervo.77 Vengan a mí tus
misericordias y viva; Porque tu ley es mi deleite.